Mi caso es que tras licenciarme y hacer un master de especialización, una persona que me dio clase me recomendó a una conocidísima revista de moda y tendencias internacional, en su sede en Madrid, para trabajar durante tres meses como becaria allí. Envié mi currículum y portafolio y me confirmaron que me habían cogido y que estaban impresionados por mi trabajo como diseñadora editorial. Todo parecía perfecto al principio y nada más llegar me ofrecieron trabajos que hacer a un ritmo bastante veloz. Ocupaba el puesto de una persona de vacaciones, y traté de hacerme enseguida al ambiente. Sin embargo noté que yo tenía que aprenderlo todo sola, y que muchas veces me quedaba bloqueada en mi puesto (mi trabajo era creativo) porque todo el mundo parecía demasiado ocupado para ayudarme. Al final la única persona que podía echarme un cable era también nueva, y acabaron por echarle la bronca una mañana que yo no estaba. Mi jefe empezó a comportarse mal conmigo a las dos semanas de ocupar el puesto. Delante de todos dijo que trabajaba demasiado lenta (cuando en realidad más de una vez me veía obligada a parar por orden suya para esperar órdenes), y el súmum fue una mañana que malinterpretó unas palabras mías, me impidió explicarme y delante de todo el mundo me soltó una grosería completamente desproporcionada, que me dejó helada y me hizo levantarme e ir al baño para desahogarme y llorar. Este “jefe” tiránico que hablaba mal a todo el mundo excepto a dos chicas a las que tenía como sus “acolitas” privadas. Me pidió disculpas después pero a partir de ese día las desconsideraciones y el desamparo fueron a mayores. Poco a poco fui viendo como era ninguneada, que me quitaban temas que hacer de las manos sin razón aparente; empecé a dudar de mi facultad como diseñadora a pesar de mis notas, mi currículum y lo que sabía de mí misma, y además empecé a cambiar de sitio sin cesar, cada vez adaptándome al sitio y ordenador diferente según las personas iban marchándose de vacaciones: es decir, carecía de sitio propio, con las molestias a la hora de trabajar y el desajuste y desorden que eso conllevaba. Los desaires y comentarios de este personaje fueron constantes e inexplicables: nunca se daba en el blanco con él, pasaba de comentarios crueles a una actitud paternalista y hueca, luego volvía a las andadas: se contradecía cuando discutía con alguien, con tal de quedar siempre por encima, y trataba de confundir y manipular haciendo observaciones infundadas sobre el valor o el talento, no sólo mío, sino de otras personas, y delante de las personas mismas, que respondían atemorizadas. No podía creer el poder tan inmenso que tenía un personaje tan joven, en apariencia despreocupado, y me alarmaba ver cuánto de dominadas estaban estas personas por cada cosa que él decía. Sus diferencias de trato eran insultantes, muy poco profesionales, y hacía siempre comentarios que invitaban a dividirse y a confrontar.

A partir del último mes las cosas se torcieron por completo y me vi completamente abandonada a mi suerte, rodeada de testigos mudos que no se atrevían a defenderme o a ayudarme, excepto casos aislados y siempre a escondidas del jefe, aunque luego confesaban que se sentían mal por mí; una vez regresaron todos de vacaciones, me confirmaron que no tenía sitio, que no tenían solución; mi jefe se dedicaba a ignorarme olímpicamente: yo no existía para él, no me ordenaba hacer nada, no me saludaba; se negó a mover un dedo para tratar de buscarme un sitio y yo tenía que andar mendigando hasta que me cansé de tratar de ser conciliadora, de agradarle. La única que trató de hacer algo fue la subdirectora de arte, que preguntó hasta 3 veces a las directoras si podían conseguirme una mesa y un ordenador. No lo logró. Eso sí, durante ese tiempo contrataron a 4 personas más a las que enseguida se les dio sitio y ordenador. El único consejo de mi jefe hasta la fecha fue “que me sentara detrás de alguien y viera como trabajaba”. Me quedé de piedra. Soy licenciada y tengo un master y me decían que no podía trabajar ni demostrar lo que valía. Tuve que dedicarme a hacer tareas muy por debajo de mi cualificación con tal de estar entretenida: grabar fotos a cd´s en un portátil, organizar papeles, hacer de recadera y en general, cosas para las que no sirve una becaria formada. Ahora lo sé: SE NEGARON A DARME TRABAJO aún estando ellos hasta arriba con los plazos y la subdirectora diciéndome angustiada que me necesitaban pero que ella no podía decir nada ni pedir nada. Aún así acepté todo de buen grado. Para rematar, me dijeron que no pensaban renovarme, con lo cual además me mintieron, ya que a mediados sugirieron que me necesitarían más tiempo. Lo curioso es que no me considero mala en mi trabajo; todo lo que hice fue publicado, y pasaba previamente por las manos de directores de arte que dieron el visto bueno como al resto de compañeros, aprendí a trabajar a buen ritmo y fui diligente, simpática y amable. Nada sirvió. El tipo se cruzó conmigo tras el malentendido y se negó desde entonces a ofréceme cualquier trato positivo. No recibí formación ninguna, tuve que aprender todo con miedo a preguntar, y la desidia y la desmotivación hicieron mella en mi ánimo. Durante más de 3 semanas estuve sin sitio, sin ordenador y sin trabajo más que hacer fotocopias y organizar cosas, nada relacionado con mis estudios y aspiraciones. Salí totalmente desengañada de allí y sintiendo que de algún modo se me habían recortado derechos y obligaciones, y que se me había perdido el respeto sin ningún motivo; a mis preguntas, la mayor parte de las veces, se contestaba con encogimiento de hombros y poco más.

Para colmo me enteré más tarde de que este jefe ni siquiera tenía un titulo relacionado con lo que él supuestamente hacía, y que además, había sido designado por su hermana, una persona que fue expulsada de esta revista y que, además, arrastraba unas cuantas denuncias por mobbing a sus empleadas. Ver para creer.