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Desde noviembre de 2002
llevo viviendo en mi un acoso laboral en toda regla por ser yo de esos
profesores que no han comulgado nunca ni con la rueda de molino que ha
venido a significar la implantación de la Logse ni con las maneras de
implantarla. Por dos veces (en 2005 y 2006) denuncié pormenorizadamente a
la Delegación de Educación y Ciencia tanto ese acoso de directiva, Consejo
Escolar y AMPA como la inhibición de los dos inspectores involucrados.
Ambas denuncias encontraron el amparo de los silencios administrativos
correspondientes y, como no era de suponer, azuzaron nuevas formas de
acoso posteriores, las cuales se prodigaron con mayor sutileza a sabiendas
de que iban a recorrer el mismo camino hacia el limbo de lo prescrito.
Yo no caía, sin
embargo. Ni me hundía. Ni siquiera me pastilleaba pues (como sólo varios
miles de españoles me comprenderán) hubo en ese acoso un precioso momento
en que dejé de echarme las culpas a mí mismo ya que la casualidad de la
vida permitió que, en el transcurso de un infame interrogatorio, el propio
conserje nos descubriera inocentemente a mí y al primer inspector cuál era
la fuente concreta que manaba tanta mentirijilla. Pese a la contundente
prueba, yo hube de seguir batallando claustros y asistía a reuniones y
ponía notas y solicitaba documentos y rellenaba el concurso de
traslados... pero mi horario de más antiguo en el Cuerpo era de risa, mis
alumnos eran los repetidores, mis grupos eran los Refuerzos y mi plaza
tenía que seguir siendo forzosamente aquel IES, en el que tanto toro
suelto había por doquier y donde muchas veces no encontraba la puerta que
me permitiera reposar un rato tras el burladero.
Ni siquiera en el mundo de la
abogacía encontré ayuda pues a quienes consulté me decían, previo pago,
que esto del mobbing era muy difícil de ganar, que los contenciosos no
llegaban nunca a nada, que los jueces de lo penal sólo aceptaban euros
completos (nunca céntimos de euro, aunque el montante sobrepasase ya
varios billetes),... Ni siquiera en el cuartel de al lado del IES se
tomaron en cuenta mis denuncias... Ni siquiera la jueza que un día me
atendió amablemente en su despacho cambió mis ánimos cuando me despedí de
ella... Por no encontrar ayuda, ni siquiera en el mundo de los sindicatos
me topé por entonces con el único que podía contenerme a mí como
trabajador de la enseñanza.
El insulto que
recibí el día 30 de junio de 2006 de boca de la directora instantes
después de terminar otro de los bochornosos claustros que en ese IES se
celebran, me hizo jurarme a mí mismo que ese insulto, aunque sólo fuera
ese, no quedaría impune. Con juez o sin juez. Ese insulto, más que el
hartazgo del acoso, fue lo que me decidió y, con el nivel de consciencia
que se suele tener en estos casos, me arrimé al mismo límite que separa la
decencia de lo legal, ese que roza por milímetros el margen de la ley.
El móvil era de escándalo; el arma, sutil, pero de juego. En efecto,
aprovechando que tengo una página web en la que cuelgo todas mis cosillas
como profesor y como persona, pude permitirme colgar el asunto en la Red
pero, en vez de las denuncias (cuyos originales seguían durmiendo en un
cajón de la Delegación de Educación y Ciencia), preferí sacar de mi cajón
literario la inconclusa novela en que había vertido esos años de sufrida y
silenciada búsqueda de la justicia entremezclados con mi afición a la caza
y cría de la perdiz. Le puse el título de El paripé o los desertor@s de la
tiza, coloqué a mi pájaro "Gumersindo" de cartelera y la fui publicando
gratis, por entregas escalonadas y durante todos los jueves de todo el
último trimestre del curso 06-07; la web sobrepasó desde muy pronto el
centenar de visitas diario.
Esa mi tercer novela (a la que bauticé con el subgénero de antiimpunes) se
amolda, como sólo lo haría un guante, a la realidad que pretende contener
y prueba de ello es, por ejemplo, que su último capítulo publicado (como
harán los venideros hasta que le llegue el "FIN") reproduce aún mejor que
una acta los avatares que provocó su publicación. Pero una novela es una
novela lo diga quien lo diga y una novela como esta ni debía correr el
riesgo de que se tomara su argumento tan a guasa como habían hecho con las
denuncias ni podía tampoco correr el peligro de que los posibles aludidos
se tomaran demasiado en serio la cosa y se pusieran a romper la baraja por
no ser ya de su agrado el rumbo que había tomado el juego. Por ello, los
cosidos, remiendos, costuras y ornamentos que hubieron de serle añadidos
al guante (nunca a la enguantada realidad) para alejarla del mero informe
administrativo y darle consistencia literaria hubieron de tomar la
precaución de amoldarse a los cinco dedos de tal modo que ni se reventara
el guante por ser la mano demasiado gorda ni se dañara la uña recién
pintada de quien pretendiera calzarse la prenda.
Hasta la séptima entrega, la publicación de El paripé siguió su curso
"normal", pero con la aparición del capítulo 16 reventaron las costuras
del dedo más cercano al corazón y toda la maquinaria administrativa se
rebulló en el exterior y el empecinado silencio administrativo se trocó en
gritos estridentes: la silueta de mi "Gumersindo" empezó a ser tiroteada,
rajada a mis espaldas y tirada a la papelera de la sala de profesores
incluso después de que lograra la foto de quien lo hacía; el 28 de mayo me
dirigía la directora 9 insultos en retahíla en documento oficial dirigido
a mi nombre y a mis apellidos; el 6 de junio se me hizo de noche en el IES
oyendo, en el claustro encerrona convocado, repetidos y nuevos insultos de
la directiva y de los consejeros; el 7 de junio tuvimos un recreo no
convocado de una hora oyendo arengas de inspector para firmar un
manifiesto contra la novela; el 15 de junio se detectaba en el Centro la
censura previa de toda la página web nodriza; iniciadas las vacaciones me
llamaron diciéndome que tenía que aceptar los 6 Refuerzos que me iban a
asignar este curso; el 14 de Septiembre me los endiñaron con la
complicidad de mis 4 compañeras de Lengua (tres de ellas en el Consejo
Escolar) y sin la preceptiva reunión legal; el 25 de septiembre los dos
agentes del 062 que llamé en mi ayuda no se atrevieron a desbloquearme mi
web nodriza en el Centro; el 28 del mismo mes se me comunicaba apertura de
expediente y suspensión provisional de funciones; el 8 de octubre, en fin,
novela y autor eran denunciados a los tribunales por dos de los que se
empeñaban en darse por aludidos de entre el medio centenar de personajes
incluidos hasta ese día en la novela: tuvieron que ser la directora y el
jefe de Estudios, aunque no los consejeros, ni el presidente de la AMPA,
ni algún inspector, ni la Delegada de Educación, ni cualquiera de mis
otros compañeros de ese IES o de otros IES, ni cazadores, ni alumnos, ni
padres, ...
Tal vez debido a la lentitud judicial, aún dio tiempo a la novela de serle
añadido el sexto dedo que la enguantada realidad había malformado y el 22
de octubre salió a la luz un nuevo capítulo. Pero la uña que descosió el
índice acabó convirtiéndose en garra y ha conseguido que la novela fuera
censurada y prohibida el pasado 5 de diciembre, día en que novela y autor,
por tercera vez ya, iniciaron un nuevo y tedioso periodo de silencio
administrativo, ahora judicial, pues van ya casi tres meses sin que haya
sido resuelto el recurso de apelación que se presentó contra la censura de
la novela.
¿Qué sapo contendrá
entonces esa novela que no puede ser digerido ni por la administración
educativa ni por la judicial pese a que yo me lo he tenido que tragar
entero? ¿Acaso es que la perdiz coprotagonista de la novela, harta de ser
mareada, se ha tomado la justicia por su mano y eso puede crear
precedente? ¿Acaso ha entrado en litigio el artículo 20 de la Constitución
con el 18? ¿No habrá sido el 18 con el 20? Y si no es así, ¿por qué me
callan, Majestad?
24 de
Febrero de 2008
Juan Pedro
Rodríguez
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