|
|
Cada día
Cada día me he esforzado por convertir en una empresa aquello que han puesto en mis manos.
Cada día he sido justa, sincera, fiel y amable, he luchado tanto por todo aquel que me lo ha pedido, he conseguido tantos logros personales y profesionales, públicos o privados, que ni aunque mil muchedumbres me gritaran lo contrario, por su discapacidad, desconocimiento o frustración, podrían modificar el hecho de que “sé quién soy”.
Siento orgullo, satisfacción y tranquilidad de espíritu hacia mi forma de trabajar y hacia mi forma de ser.
Y es lo mismo que debéis sentir vosotros.
¿Qué ha pasado ayer?
¿Qué es esto?
Me duele mucho por dentro. ¿Cuantos de mis hijos han muerto?
¿Cuantos de mis yos?
Sangre por un pedazo de tierra, no lo entiendo.
¿Merece la pena cultivar tierra manchada?
¿Merece la pena manchar tierra trabajada?
El sufrimiento ofrece mayor intensidad a los momentos posteriores, sean buenos o malos, que vamos a vivir.
El sufrimiento aporta comprensión hacia el ajeno porque también va a sufrir tarde o temprano.
Por eso, cada vez que alguien intenta hacerme sufrir, matando a los que aprecio, y aprecio a todos los que se me parecen, en especie, oficio, nacionalidad o cansancio vital; cada vez que alguien consigue hacer sufrir a los que aprecio, me acerco mucho más a ellos, sigan o no vivos. Y me acerco mucho más a todos los que conozco. Y por eso, os escribo, porque quiero que sepáis que hoy os aprecio aún más que ayer. Hoy estoy aún más cerca de vosotros. Hoy me siento vosotros mismos; hoy me siento cualquiera de ellos.
Y no lo voy a olvidar, porque la herida siempre deja una marca en la piel, en la memoria y en el corazón.
Pero, no voy a dejar crecer la infección en mi herida, la marca será limpia, será sana. Entiendo el error que existe en las mentes ejecutoras, y entiendo que no deben transmitírmelo.
Por eso, no los odio, los compadezco.
Altea Gálvez